ORIGEN/ GRUPO ALMAGRA

17 de marzo al 24 abril de 2016

La exposición "Origen" del Grupo de Artes Plásticas Almagra estuvo expuesta en el museo durante el mes de marzo y abril de 2016. Dicho grupo, está formado por cuatro artistas de Mazarrón de reconocido prestigio: Luis Marino, Tomás Raja, Isabel Guillermo y Marcos Gómez. 

Los artistas


El grupo Almagra, formado por los artistas Luis Marino, Marcos Gómez, Isabel Guillermo y Tomás Raja, cumple 30 años.

 

Parece que ha pasado mucho tiempo desde que cogía la pluma para escribir unas notas sobre Almagra; y sí, ya han pasado cinco años desde que escribía para la publicación que catalogaba la exposición conmemorativa de los veinticinco años de existencia de este tan querido grupo artístico nuestro. Decía que tenía esa sensación en lo que respecta al tiempo, pero, la verdad, es que lo estoy percibiendo como algo muy cercano, quizás, porque tengo la fortuna, no solo de comisariar su exposición, sino de vivir día a día con ellos todo lo que se refiere a la preparación del evento, de tal modo que comparto con cercanía las decisiones que los llevan al “producto” final que presentan. Por ello, por esa relación tan estrecha, el tiempo se hace más corto y también, creo yo, porque disfruto tanto con la preparación que el tiempo se relativiza y todo es más cercano.

 

Las publicaciones conmemorativas de fechas tan señaladas como los veinte y veinticinco años de existencia del grupo recogieron, en la primera de ellas, la casi totalidad de la producción artística de cada uno de los cuatro componentes del grupo, aparte de referenciar la exposición preparada a tal fin para la efemérides, mientras que la de hace cinco años se limitaba, al igual que la que hoy presentamos, a exhibir el trabajo preparado a tal fin.

 

La temática de esta exposición, que lleva por nombre Origen, está íntimamente ligada a nuestro pueblo y a todo lo que nos ha configurado a través del tiempo, es decir, a nuestra historia, nuestra economía, nuestro patrimonio o nuestra geología. Todos y cada uno de estos temas se muestran, con mayor o menor intensidad, en la producción de cada uno de estos artistas.

 

Isabel Guillermo siempre nos sorprende, su afán inquieto la lleva a una investigación permanente donde la metáfora configura una visión especial de los aljibes o el trabajo con el esparto de toda la vida. Representar ese mundo onírico a través de la pintura constituye un desafío; un reto para el pintor, que tiene que construir con colores un ámbito caracterizado de formas reconocibles aunque difusas en su presentación. Además, el conjunto de obras resultantes constituye un extenso recorrido a través de elementos significativos de la economía de nuestro pueblo desde antiguo. Aquí están los motivos sustanciales: el desafío de simbolizar ese mundo de sueños, a la parquedad de su representación, a la riqueza de sus matices visuales y la síntesis de esa investigación profunda de nuevos materiales y una nueva interpretación de la realidad que hace al artista más artista. Se establece, a mi parecer, un antagonismo entre la realidad y ese mundo interpretado sin que podamos decidirnos. Después del objeto está lo que lo rodea, tras la luz aparece una geometría difusa, y es ésta la que vacía todo su misterio y sus esencias en la atmósfera que lo envuelve.

 

Por último, también conviene recordar que esta atmósfera ha pasado de un cuadro a otro, bien en forma de sugerente musa o quizás como desafío técnico, desde que Isabel vio en ella el poder de una oculta seducción.

 

Luis Marino nos presenta una colección de fotografías cuando menos inquietantes. Con ellas nos abre las puertas a propuestas tremendamente innovadoras, especulando con <lenguajes> hasta ahora poco explorados.

 

Desde que la realidad analógica entrara en crisis al hilo del advenimiento de la realidad virtual, no ha habido crítico que no nos recordara que la pretensión de que la fotografía ha de ser un índice de la realidad es poco más que absurda. En la obra de Luis se pone de manifiesto de forma clara porque los paisajes son conscientemente manipulados, inquietantemente artificiosos a pesar de su total <veracidad>, que confunden y agreden a quienes hasta ellos se acercan. En una paradójica parábola constituye la desaparición precisamente para hacer notar su presencia, fuerza la capacidad perceptiva del espectador hasta hacerle recorrer a éste un camino de ida y vuelta, donde el <origen> del territorio se sugiere o se adivina más que percibirse. ¿Dónde está la obra?. ¿En el resultado final?. ¿En el proceso?. Tampoco. Ambos, proceso y resultado, son visiones parciales y complementarias de un todo que interactúa: la premisa conceptual. El espectador debe adivinar, a través de la imagen, lo primigenio, el principio de todo, en definitiva, las geometrías, en la mayoría de casos simples y puras, adoptan un tono nuevo al tiempo que enigmático. La técnica permite acercarse lo más posible a la <realidad> en un intento por imitarla, pero una vez que uno se ha acercado tanto, al final deja de serlo. La cámara sólo capta aquello que tiene delante y difícilmente permite conocer todas las circunstancias que rodean a una imagen. Al fin y al cabo, la realidad <auténtica>, como bien sabe Luis, no existe, sólo su representación.

 

Marcos Gómez ha llevado a cabo una labor de investigación minuciosa antes de sentirse atrapado en una época de nuestra historia que a todos nos interesa, sea cual sea el punto de vista con que se aborde. Su trabajo está centrado en la minería planteada en los Cotos Mineros de Mazarrón y más concretamente en las explotaciones que se realizaron en dichos cotos.

 

Su trabajo, desde mi punto de vista, es modélico. Sé bien que en estos tiempos resulta cuando menos embarazoso afirmar tal cosa, dada la pluralidad de propuestas que se nos presentan todos los días. Digo que es modélica por su veracidad imaginativa, por su técnica y empleo de conocimientos y a su acuerdo filosófico – estético, teniendo como faro el hecho de la comprensión, la fusión de saber y sentir: ese platónico saber llegar a ver <todo junto a lo uno>; y, en el transcurso inventivo y artesanal de cada obra, poner en práctica con excelencia los conocimientos de quien no está enfadado con la historia. Este trabajo de Marcos es excelente porque a la hora de situarse en la consideración del tiempo como algo que no ve la memoria como antigualla repetitiva, sino como herencia valiosísima, valoriza la historia misma. Por todo ello se puede hablar de valores, color – luz, templanza de tonos y, al mismo tiempo, agresividad cromática, relaciones de los elementos artísticos como colores, volúmenes, es decir, conocimientos, propósitos y contenidos que crean y configuran esa unidad que llamamos obra. Aquí no hay retórica, no hay manierismo.

 

Tomás Raja también ha realizado un estudio concienzudo antes de elaborar su propuesta. Él ha querido centrar su trabajo en el campo de la arqueología, como exponente de las diferentes culturas que han estado asentadas en nuestro territorio y, consecuentemente, también origen de lo que hoy somos.

 

La obra de Tomás nos fascina por la fuerza de sus emociones y la seguridad de su expresión formal. En consecuencia, no es tan sólo su carácter insólito el que nos atrae; en el fondo, después de reiterados contactos con él, es la riqueza de su contenido emocional lo que nos toca profundamente. Los valores estéticos de la obra de Tomás forman parte, sin embargo, de su propia condición de instrumentos que se utilizaban en la vida ordinaria, como cuencos, vasijas y lucernas, es como si la belleza estuviera en relación directa con su aura.

 

La investigación de Tomás le lleva a recalcar la inmaterialidad de lo grafiado, porque mal pueden trasladarse el discurrir, el tiempo y el espacio a una obra sincrónica. Pero él consigue transmitir la idea de cultura y la importancia de los hallazgos en el progreso de la humanidad y, consecuentemente, de Mazarrón.

 

Desde otras concepciones artísticas más pegadas a la realidad es fácil caer en el paternalismo moral que dibuja epígrafes de <arte primitivo> donde el descreimiento puede sin embargo jugar al juego de la sensibilidad y la sincera admiración estética. Pero tras esas vasijas y su turbador silencio habita un haz de preguntas que son tan legítimas como la existencia humana.

 

Mi pretensión, después de haber comentado brevemente la exposición que hoy presentamos, ha sido mirar a través del trabajo de estos cuatro amigos como si lo hiciéramos a través de una pantalla translúcida…Escribir de lo que hacen con la misma actitud que se visita a un amigo. Recrear su trabajo para así construir un relato, diría que imprevisible, acerca de una cosa tan delicada de enjuiciar como es el hecho creativo. La grandeza de todos ellos radica en transmutar sus visiones particulares del origen del pueblo que les vio nacer en una colección de cuadros que representan la única clave verosímil del enigma que siempre implica una obra artística.

 

Antes de terminar, quisiera hacer notoria mi admiración por el Grupo Almagra y por cada uno de sus cuatro componentes, porque, como decía al comienzo de estas líneas, he tenido la suerte de vivir con ellos, en primera persona, el trabajo que, individual o colectivamente, han ido desarrollando a lo largo de estos treinta años de existencia. Son muchos los sinsabores en este largo camino, pero son muchos más los momentos de satisfacción vividos en esta larga etapa. Estoy seguro que el futuro es esperanzador y nos traerá muchos más momentos de alegría.

 

Lo sabéis.

 

JOSÉ MARÍA LÓPEZ BALLESTA. Director de la Universidad Popular de Mazarrón.

Texto extraído del catálogo editado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Mazarrón y la Universidad Popular de Mazarrón para la exposición “Origen” en noviembre de 2016.

La inauguración


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