juan b. sanz: secuencias y versiones

 

24 de enero al 22 de marzo de 2015

Podría decir: la pintura. Y poco más quedaría por añadir.

 

La obra de Juan Bautista Sanz se construye desde la insistencia en la pintura, sin complejos, recreando una y otra vez el viejo oficio, con sus tareas y sus herramientas, sus ritos y sus modos, dando cuenta así, sobre las telas, de la imposibilidad de su acabamiento. La pintura, vemos con el artista, no precisa salir de sus límites, pues éstos contienen el infinito. Sólo hay un modo, parece decir, de rescatar la pintura: más pintura.


Sanz no quiere ser genio ni someterse a modas que dotan de distintos pasajeros. Con sencillez de artesano y silenciosa dedicación viene a pulsar de nuevo la música callada de la pintura, y casi sin querer, con verdadera y sabia modestia, se confirma ante nuestra mirada como maestro, categoría sobre la que no hay otros escalones.

 

Para ser maestro ha debido ser aprendiz, de ahí que uno de los itinerarios de su vida pueda trazarse entre estudios de pintores de varias generaciones a los que ha visto combatir y sufrir y con quienes ha compartido las dudas y los hallazgos de sus vericuetos creativos. Se hizo pintor en una universidad de pinceles ajenos, a pie de lienzo, y ha sido testigo de cómo se ha estampado la tinta en tantos y tantos cuadros de artistas para él admirables sin excepción a los que disecciona y sobre los que diserta con incontenida advocación.

 

Es pintor por contaminación de otros pintores, razón por la que afronta el oficio con respeto y como homenaje. De pintura lo sabe todo, como aquí consta, pero en él se cumple la vieja máxima, que otros sólo enuncian, de olvidar lo que se sabe antes de imprimir la primera mancha, y así la mano maestra va abriendo libremente el camino.

 

Esta voluntad de riesgo nos permite apreciar, a la par que la singularidad de un estilo inintercambiable, lo que podríamos llamar un acuciante proceso de búsqueda tanto en motivos como en variables de mayor o menor abstracción, salvando siempre el recurso figurativo que entona el conjunto, del mismo modo que se alternan los espacios exteriores e interiores, los paisajes, los detalles, los esbozos humanos y otras sugerencias clásicas. La muestra que observamos acoge, en la discreción de su unidad narrativa, tal exhibición de registros, tonos y recursos que delatan al pintor total que hay en Sanz. Nada escapa a su escrutinio, nada se resiste a su evocación. Pero todo en voz baja, casi en secreto, a la espera de que sea la mirada ajena la que se haga cargo de la profundidad de esta eclosión artística de estallante variedad.

 

Y ya donde el maestro no puede esconder su condición de tal es en el uso del color. Diríase que se aplica en su profusión para después empeñarse en apagarlo, en moderarlo, en imprimirle tiempo. Pocas veces asistimos a tanto derroche de matices en tan equilibrada composición. Esos trazos que la norma haría incompatibles y que por su tratamiento se someten a la armonía. Si en estos cuadros alguien descubriera amabilidad no sería por su facilidad técnica.

 

Sanz nos trae el gozo de la pintura por la pintura. Con sus motivos de siempre y siempre por él redescubiertos. Regresamos con Sanz, enmedio de las banalidades en boga, al eterno registro de la mirada y sus inagotables interpretaciones. En esta colección se contiene una apasionada reivindicación, por decirlo así, del arte. Sin apellidos. Una propuesta plena de sabiduría que mezcla y combina con gracia y alegría, ya digo que gozosamente, los avances de todo un siglo, hace confraternizar estilos e ismos y despliega un sentido amor por el oficio, desembocando todo ello en un trabajo de personalísima impregnación. Hay aquí una provocadora performancia, dicho esta vez con rigor, que convoca a la reconciliación con esa incesante pulsión poética que impulsa al artista a interpretar el mundo a nuestro alrededor distribuyendo sobre un espacio precisas manchas y trazos con extraordinario talento.

 

Admirar esta obra y conmoverse ante ella es lo propio, pero habríamos de ir más lejos y agradecer a Juan Bautista Sanz que nos haya hecho notar que la pintura vive.   Ángel Montiel.  

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